jueves, 4 de abril de 2019

La falta de discriminación en Roma


Antes que nada debo decir que terminada la película me pregunté “¿y por qué se llama Roma? Y aun no sé. En parte porque no he investigado y por otra parte porque no me he puesto a pensar en el nombre, pero si en otras cosas.
Hay mucho que se puede decir sobre Roma y mucho que se ha dicho (el análisis de Zizek por ejemplo, con el que estoy bastante de acuerdo) así que intentare no repetir tanto y empezar con un tema formal: Roma no discrimina. Y ojala que me refiriera al negativo acto de discriminar en cuanto a raza y/o clase, pero no. Me refiero a que no discrima entre lo importante y lo que no lo es; lo que bajo mi criterio entorpece la lectura y la acerca al fomismo. Entonces aquí hago una aclaración para que quienes amaron Roma no se sientan atacados y cierren esto de golpe indignados: pese a mi mala predisposición, me gusto; y es que la película tiene escenas con una fuerza brutal que por sí solas cumplen con el propósito que buscamos algunos en una película, que es poder ver, pensar y sentir cosas que no habíamos considerado (en lo personal me paso algo así con la escena de la guagua muerta). Pero veo un problema no menor: la falta de discriminación en la duración de los planos y es que la primera vez que comencé a verla me molesto el principio y de hecho no seguí viéndola, porque, ¿de que me sirve ver un plano de más de un minuto de Cleo entrando a una habitación, esperarla afuera hasta que salga, seguirla por el patio, esperar que entre a otra habitación, o suba la escalera, u ordene repetidas veces tal o cual cosa? Pues de nada, sirve únicamente para poder encasillar a Roma en un género que hace un tiempo ha estado acaparando atención cada vez más peligrosamente: el Fomismo, esas películas donde no pasa nada, pero que debemos ver tocándonos la barbilla y jamás decir con honestidad que nos aburrieron o nos cargaron, porque obviamente están llenas de un arte tan profundo que nosotros simples mortales no podemos (ni debemos) atrevernos a poner en duda la valía de estas “cintas” maravillosas. Y claro está que me dio un poco de bronca el pensar en buscar información sobre porque se llamaba Roma, porque me vale madres. Si ellos no tuvieron la amabilidad, o el respeto incluso, de hacerse entender dentro de su misma película, perdónenme, pero yo no juego. Pero volvamos un poco al tema de los planos; Hitchcock decía que un primer plano bien usado era como un plantillazo en una sinfonía (o algo por el estilo), y con el largo de los planos considero que es algo similar, pensemos por ejemplo en el montaje prohibido que postulaba Bazin, donde por las necesidades de transparencia y la credibilidad de lo que se nos muestra, el montaje está prohibido, lo que da sentido a la unión de la acción en un solo plano. Tomando como ejemplo lo anterior podríamos decir que por motivos dramáticos en Roma (y otras películas por supuesto) el montaje está prohibido cuando atenta contra la intensidad dramática, como bien podría ejemplificarse con la escena del rescate, que si bien mencionaba Zizek, la cámara no toma una postura y se mantiene distante a la situación, el montaje (la falta de) si contribuye a la atención del público (me recordó por ejemplo el famoso plano de la vela en Nostalgia de Tarkovsky). El sentido de la duración y constancia de este plano es evidente, si no consiente, inconscientemente. Pero en otros no, en todo el principio diría que el ritmo no se justifica, y por favor no me vengan con la típica de “no, es que quiere traducir lo monótono del trabajo de Cleo”, porque para eso existe el drama y con sus mecanismo se pueden traducir esas ideas de mejor manera, o sino ¿Qué hacemos viendo una película?, vamos a trabajar, que trabajos tediosos hay de sobra.
En conclusión Roma tiene lo suyo, pero dentro de lo suyo hay mucho que sobra.


                                                                                                                    Pedro Petroleo

jueves, 28 de marzo de 2019

Kubo y las dos cuerdas mágicas (2016) o el tropezón de Laika



Kubo y las dos cuerdas mágicas (2016)
¿Por dónde empezar? Por dejar las cosas claras desde un principio creo yo. No me gusto, no me gustó nada. Tenía las expectativas muy altas, la última entrega del estudio Laika prometía ser la nueva joya de la animación de entre las obras que ya nos había dado este estudio. Después de ver ‘Los Boxstrolls’ (2014) esperaba que con esta película llegaran a la cima de su producción creativa, hacia donde parecían encaminados, pero me ocurrió lo mismo que con ‘Moana’ (2016) de Disney después de ver ‘Zootopia’ (2016) ¿qué paso aquí? ¿en serio existe gente que rasgó vestiduras porque esta película no gano el Oscar en 2017? Bueno, se lo han entregado a peores.
Dirigida por Travis Knight, la película cuenta la historia de Kubo, un niño que vive tranquilamente en un pequeño y normal pueblo, cuida de su madre y sobrevive contando historias con figuras de origami mágicamente animadas con su música, hasta que sus malvadas tías y abuelo, seres mágicos, vienen a por él para arrancarle el ojo que le queda. Debido a esto, Kubo debe emprender una búsqueda para encontrar una armadura mágica que una vez fue vestida por su padre, un legendario guerrero samurái.
Es visualmente cautivadora, su animación es simplemente impresionante y su estética es maravillosa. En términos técnicos la película es fantástica, el stop motion ha alcanzado un nuevo logro con esta cinta, los detrás de cámara y time lapses dan cuenta del trabajo y el esfuerzo que conlleva realizar películas con esta técnica y de cómo se llega a este resultado visual final, con un grupo que ya tiene cuatro largometrajes de stop motion a su haber.
Ahora, en cuanto al argumento, primero que todo nos encontramos con problemas de estructura, una historia mediocre y floja, todo ocurre porque sí. El viaje del héroe se ve forzado, al igual que la aparición de los ayudantes, el samurái de origami que sabe por dónde tienen que guiar su viaje, porque si, porque alguien tiene que saberlo, el simio que resulta ser su madre, que de pronto deja de estar catatónica y se vuelve sarcástica y está justificado porque sufre y se preocupa por su hijo, el escarabajo-samurái que resulta ser el alivio cómico, pero con un humor que no hace reír y que resulta ser su padre, en serio ¿nadie lo vio venir? Sobre todo la problemática de la búsqueda de los objetos mágicos, todo se va presentando y resolviendo de manera muy sencilla y se van repitiendo estos dispositivos. Esto no es tan grave, si lo analizamos muchas películas utilizan esta metodología, el problema es que a pesar de esto esta cinta no logra resolver la progresión dramática que debiese llevar consigo la historia y en cambio hace énfasis o trata de profundizar demasiado en sentimientos y emociones de los personajes que nos dan igual y aquí está el gran problema que es que según va avanzando la película cada vez soy más consciente de que me importan nada los personajes y lo que ocurra con ellos. Los personajes son totalmente planos, desde Kubo que poco o nada ha cambiado hasta el final de la película o su abuelo y sus tías, los temibles antagonistas que son malos porque sí, porque le quieren sacar el único ojo que le queda a Kubo para que sea tan malo como ellos. Razonable.
Kubo es el héroe de esta aventura que pretende ser épica aunque que no salva a nadie, literalmente, además de unos antagonistas que no antagonizan nada. Cambiemos de soporte por un momento ¿y si fuera un videojuego en vez de una película? Sería un videojuego al que nadie jugaría, retos repetitivos que se resuelven fácilmente, con villanos a vencer que no representan un riesgo real, con un “monstruo final” al que llevan toda la película inflando y que al final es vencido, no por el protagonista, no, sino que por “el campo de fuerza de la amistad” que hacen Kubo con sus amigos del pueblo al tomarse de las manos, porque de repente a alguien se le ocurrió que era una muy buena opción y que estaba súper bien justificado. Al parecer no era tan necesario el viaje de Kubo ni la búsqueda de la armadura mágica, si al final se resuelve con los amigos.
Es muy triste que esta aventura épica, o lo que intentaba ser en un principio, solo se quedará en anécdota, es una decepción, porque realmente esperaba mucho más de este estudio. Tenía la intención de ser un homenaje a la cultura japonesa, la cinta alude al arte del relato oral, el culto a los ancestros y al gusto por la fantasía y el terror sutil sin alejarse demasiado del género de aventura, nuevamente es un problema que ya hemos visto, ‘Big Hero 6’ (2014) también cae en este vórtice que es el meterse en otra cultura que no es la propia, no estoy en contra de esto, para nada, el problema es el cómo se aborda esa otra cultura para que se vea como algo afianzado y no solamente como la forma por la forma, por parecer interesante ante otro abanico de posibilidades.
Qué más quisiera yo que esta película me gustara, realmente lo quería, era una película que ansiaba mucho ver, sobre todo por la avalancha de gente que salió ardida cuando ‘Zootopia’ (2016) ganó el óscar y no Kubo, cuando realmente y viendo las opciones, el único real oponente fue ‘La tortuga roja’ (2016). Finalmente, es de esperar que Laika retome el camino por el que iba antes de Kubo con ‘Wilwoods’ y ‘Goblins’ sus próximas producciones. Si tienen tele, ahí se ven.