Antes que nada debo
decir que terminada la película me pregunté “¿y por qué se llama Roma? Y aun no
sé. En parte porque no he investigado y por otra parte porque no me he puesto a
pensar en el nombre, pero si en otras cosas.
Hay mucho que se puede
decir sobre Roma y mucho que se ha dicho (el análisis de Zizek por ejemplo, con
el que estoy bastante de acuerdo) así que intentare no repetir tanto y empezar
con un tema formal: Roma no discrimina. Y ojala que me refiriera al negativo
acto de discriminar en cuanto a raza y/o clase, pero no. Me refiero a que no
discrima entre lo importante y lo que no lo es; lo que bajo mi criterio
entorpece la lectura y la acerca al fomismo. Entonces aquí hago una aclaración
para que quienes amaron Roma no se sientan atacados y cierren esto de golpe
indignados: pese a mi mala predisposición, me gusto; y es que la película tiene
escenas con una fuerza brutal que por sí solas cumplen con el propósito que
buscamos algunos en una película, que es poder ver, pensar y sentir cosas que
no habíamos considerado (en lo personal me paso algo así con la escena de la
guagua muerta). Pero veo un problema no menor: la falta de discriminación en la
duración de los planos y es que la primera vez que comencé a verla me molesto
el principio y de hecho no seguí viéndola, porque, ¿de que me sirve ver un
plano de más de un minuto de Cleo entrando a una habitación, esperarla afuera
hasta que salga, seguirla por el patio, esperar que entre a otra habitación, o
suba la escalera, u ordene repetidas veces tal o cual cosa? Pues de nada, sirve
únicamente para poder encasillar a Roma en un género que hace un tiempo ha
estado acaparando atención cada vez más peligrosamente: el Fomismo, esas
películas donde no pasa nada, pero que debemos ver tocándonos la barbilla y
jamás decir con honestidad que nos aburrieron o nos cargaron, porque obviamente
están llenas de un arte tan profundo que nosotros simples mortales no podemos (ni
debemos) atrevernos a poner en duda la valía de estas “cintas” maravillosas. Y
claro está que me dio un poco de bronca el pensar en buscar información sobre
porque se llamaba Roma, porque me vale madres. Si ellos no tuvieron la
amabilidad, o el respeto incluso, de hacerse entender dentro de su misma
película, perdónenme, pero yo no juego. Pero volvamos un poco al tema de los
planos; Hitchcock decía que un primer plano bien usado era como un plantillazo
en una sinfonía (o algo por el estilo), y con el largo de los planos considero
que es algo similar, pensemos por ejemplo en el montaje prohibido que postulaba
Bazin, donde por las necesidades de transparencia y la credibilidad de lo que
se nos muestra, el montaje está prohibido, lo que da sentido a la unión de la
acción en un solo plano. Tomando como ejemplo lo anterior podríamos decir que
por motivos dramáticos en Roma (y otras películas por supuesto) el montaje está
prohibido cuando atenta contra la intensidad dramática, como bien podría
ejemplificarse con la escena del rescate, que si bien mencionaba Zizek, la
cámara no toma una postura y se mantiene distante a la situación, el montaje
(la falta de) si contribuye a la atención del público (me recordó por ejemplo
el famoso plano de la vela en Nostalgia de Tarkovsky). El sentido de la
duración y constancia de este plano es evidente, si no consiente,
inconscientemente. Pero en otros no, en todo el principio diría que el ritmo no
se justifica, y por favor no me vengan con la típica de “no, es que quiere
traducir lo monótono del trabajo de Cleo”, porque para eso existe el drama y
con sus mecanismo se pueden traducir esas ideas de mejor manera, o sino ¿Qué
hacemos viendo una película?, vamos a trabajar, que trabajos tediosos hay de
sobra.
En conclusión Roma
tiene lo suyo, pero dentro de lo suyo hay mucho que sobra.
Pedro Petroleo